¡CARNAVAL, CARNAVAL!

¡CARNAVAL, CARNAVAL!

Cádiz nos recibió con su mejor sonrisa. Con sus máscaras y pasacalles. Con su olor a sal y su mar plateado. Con sus gaviotas siempre alerta, vigilantes, dominando las alturas, siguiendo nuestra ruta.

Una ruta costera y circular que nos permitió vislumbrar lo más hermoso de la antiquísima ciudad andaluza.

Caminamos rodeados de gente disfrazada, y sin disfraz. De todas las edades, de todos los lugares, de toda condición; aunque hermanados en ganas de complacerse. Con ansias de disfrutar del día, del sol, de la brisa y la jarana. Deseosos de dejar atrás por unas horas la formalidad cotidiana, la mesura y la sensatez. Ávidos de sonrisas y alegría.

Pronto nos contagió el ambiente y recorrimos el atestado paseo y las concurridas calles y plazas. Cantamos cuando había que cantar, bailamos cuando fue menester, y aplaudimos las acertadas letrillas de comparsas y chirigotas celebrando ese humor socarrón tan gaditano. Ese que no deja ‘títere con cabeza’.

Sí, Cádiz nos recibió con su mejor sonrisa. Y nos obsequió con una peculiar jornada senderista que concluyó ya de noche. Llegamos con el sol y nos despedimos con el brillo de las luces que adornaban la ciudad.

Espero que mis fotografías estén a la altura, que reflejen el maremágnum de sensaciones vividas en ‘la tacita de plata’. En la milenaria urbe acostumbrada a sorpresivas invasiones. Aunque ahora es ella la que decide cuándo y cómo abre sus puertas. Durante el carnaval Cádiz franquea la entrada a todo aquel que necesite alegría y regocijo. Con máscaras o sin máscaras, con pelucas o con plumas. Con tacones o botines, con mochilas o maletas. Todos, todos tienen cabida. Pero absténganse aburridos, disgustados y cansinos. 

Eloina Calvete García

SENDERISMO Y CULTURA

SENDERISMO Y CULTURA

La ruta senderista de ayer se inició por la hermosa rivera del Huéznar. Recorrimos parte del Sendero de Las Estaciones, y digo parte porque nuestro objetivo era desviarnos del itinerario para visitar los restos de un poblado minero

Unos restos que, junto con las exhaustivas explicaciones del guía, nos permitieron vislumbrar el importante pasado siderúrgico de la zona de El Pedroso.

La Compañía de Minas de Hierros del Pedroso y Agregados, fundada en 1817, sería la primera siderurgia sevillana; aunque hay antecedentes más remotos que hablan de yacimientos de plata y oro por estas tierras.

Pero todo eso queda ya lejos; ahora se pretende recuperar la memoria de aquellos tiempos creando un centro de interpretación y restaurando algunos edificios para que el visitante pueda disfrutar con el hermoso entorno natural, a la par que conoce una parte importante de nuestra historia.

Tal y como nosotros hicimos ayer. Volvimos al sendero con la mente puesta ya en la visita al pueblo. Poco sospechábamos que aún nos esperaban más lecciones, más historia, más recuerdos. 

Tanto fue así que volvimos al colegio. Sí, como suena, volvimos al colegio. Porque ‘El Centro de la Cultura Escuelas Nuevas’ de El Pedroso, que acoge los Museos de la Minería y el de Historia de la Escritura, tiene su sede en una escuela que se inauguró en tiempos de la Segunda República. El edificio, reparado y adaptado a los nuevos tiempos, nunca ha perdido su carácter docente. Y hoy es uno de los lugares más visitados del pueblo sevillano

Cosa nada extraña ya que en este centro de cultura han sabido conjugar el pasado y el presente de manera armoniosa. Me produjo especial emoción una pequeña campana que se conserva en uno de los patios. No pude resistir la tentación de tocarla. Y el sonido me devolvió a mi lejana infancia, al patio cubierto de albero de un colegio con sus filas de niñas de babis blancos…

¡Cuántos recuerdos! Pero no había tiempo para la nostalgia. Todavía teníamos que visitar la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, un templo cuyo origen se remonta al siglo XV y que tiene un blanco y original retablo en el altar mayor, además de otras tallas y lienzos de singular importancia artística e histórica. Todo esto y más nos lo explicó detalladamente Lola, nuestra guía por el pueblo. Y concluida la visita a la iglesia nos quedó el tiempo justo para llegar al lugar en el que nos esperaba el bus.

Aunque hoy puede parecer que en mi relato he ‘olvidado’ mencionar los paisajes, los colores del sendero, las bellezas de la naturaleza, no es así. No los he olvidado, es imposible. Intentaré compensar mis palabras con las fotografías. La verdad es que la jornada senderista de ayer fue tan completa que tenía que decantarme por uno de sus dos aspectos para no hacer demasiado larga mi narración. 

Eloina Calvete García

UNA DE BANDOLEROS

UNA DE BANDOLEROS

Desde Acinipo hasta Setenil discurre un serpenteante camino de romántica denominación: ‘La ruta de los bandoleros’. Estos tres lugares recorrimos ayer en otra jornada senderista.

Pero vayamos por partes, que el día dio para mucho y es menester detenerse en cada uno de los términos. Hoy no hay prisas, no nos esperan en el restaurante para comer y podemos ‘saborear’ de nuevo los caminos que ayer transitamos.

La jornada se inició con la subida a Acinipo, un yacimiento arqueológico en la serranía malagueña de dilatada historia en el que se conservan vestigios romanos.

Situado en una zona bastante elevada, su nombre ya es citado por Plinio el Viejo, lástima que los escasos y dispersos restos que aún sobreviven no reciban mayor atención por parte de la autoridades competentes.

La subida hasta Acinipo mereció la pena, pudimos vislumbrar una parte de nuestro pasado y disfrutar de espectaculares vistas sobre la campiña, siempre acompañados de algún que otro cabritillo descarriado que llamaba a su madre.

Ya habíamos entrado en calor cuando, a pesar del cielo encapotado, iniciamos el descenso y enfilamos hacia Setenil. 
Hacia Setenil de las Bodegas por la ‘Ruta de los Bandoleros’. Casi nada. El sinuoso sendero de novelesco nombre estaba salpicado de almendros en flor, atravesado por el río Guadalporcún, olivos, encinas y quejigos flanqueaban el camino, aunque eran los floridos almendros los que destacaban en el sendero invernal ofreciendo una hermosa nota de color; anunciando una primavera que ya está a la vuelta de la esquina. Y aunque el cielo seguía cubierto, creo que no echamos en falta el sol. El fresco nos venía muy bien mientras caminábamos admirando el paisaje, bajando y subiendo las cuestas del sendero. Setenil se hacía de rogar y agradecíamos el viento y las nubes

Cuando a lo lejos divisamos el pueblo aligeramos el paso a pesar del cansancio, deseosos de llegar. El hambre y la curiosidad nos espoleaban a partes iguales. Y llegamos por fin al bello municipio incrustado en el tajo del río Guadalporcún. Último tramo, últimas cuestas, un último empellón a unas piernas cansadas pero resueltas a no cejar en el empeño. 

Tras el apetitoso almuerzo, la negociación y los ruegos de más tiempo para visitar tan peculiar municipio. Lo conseguimos. Con el último bocado volvimos a ponernos en marcha. Y recorrimos el casco histórico de Setenil, esa población de belleza singular y construcciones casi imposibles, donde la roca se alza sobre los tejados y las casas y tiendas se esconden en la piedra. Poblada desde tiempos inmemoriales, su importancia histórica rivaliza con la hermosura arquitectónica de sus calles y plazas. Si ayer fueron los reyes castellanos los que le otorgaron privilegios, hoy son innumerables los visitantes que la recorren (recorremos) con curiosidad. Sorprendidos y admirados.

Y llegó la hora de irse. Volvimos al bus cansados y cargados. Cansados tras un largo día de caminos y veredas. Y cargados, cargados de bonitos recuerdos. Recuerdos tangibles e intangibles de una emocionante jornada senderista. 

Eloina Calvete García

De olivos, cereales y torres

De olivos, cereales y torres

La ruta senderista de ayer discurrió por una parte de la campiña sevillana perteneciente a Écija, la ciudad de las torres y del sol. La campiña ecijana es exuberante, hermosa y fértil.

Como bien nos señaló Luismi, ingeniero agrónomo y uno de nuestros guías, Écija es una ciudad importante por su producción de cereales y por sus olivos.

Entre campos roturados discurrió el sendero de la mañana. Campos de trigo, avena y centeno e hileras de olivos en simétrica formación nos permitieron el paso mientras Luismi nos explicaba la importancia de preservar las tierras, de proteger los sembrados más allá de asustadizas historias sobre malas hierbas y plagas.

También nos ilustró sobre verdades y mentiras que se propagan en nombre de esa nueva devoción llamada ‘ecología’. Nuestra ruta mañanera se hizo más amena e instructiva con las interesantes explicaciones. Intercambiando opiniones y comentando lo aprendido llegamos a la ciudad justo a la hora de almorzar. Nos esperaba una segunda ruta y había que reponer fuerzas. Tras el excelente almuerzo, de nuevo en marcha. 

Ahora caminábamos hacia el pasado de Écija, la antigua Astigi poblada desde tiempos inmemoriales. Su pasado se remonta al Paleolítico, de ahí que circulen por la ciudad relatos y leyendas sobre rayos destructores, princesas antojadizas y dioses enojados

Ana y Luismi nos relataron algunas de esas fábulas mientras caminábamos entre antiguos palacios y vetustas torres. Cada atalaya tiene una leyenda, una decoración única, un campanario exclusivo y una veleta particular y característica. La infinidad de palacios refleja el antiguo poderío económico de la ciudad. Escudos y águilas de piedra, columnas romanas y trabajados dibujos adornan estas residencias de antiguas y poderosas familias astigitanas de sonoros apellidos.

También las iglesias y conventos de la ciudad parecen guardar secretos. Como el llamado ‘Convento de los Marroquíes’, que debe su peculiar calificativo a la elaboración de dulces de origen árabe. De algunos templos solo se conserva la espadaña, otros están medio derruidos. Aunque hay un elemento que todos comparten sin diferencias de origen, dedicación o clase.

Torres e iglesias, conventos y palacios no se libran de las omnipresentes, irreverentes e indeseadas palomas. Revolotean entrando y saliendo por huecos inverosímiles, anidando en cualquier parte, disputando el terreno a otras aves menos perniciosas. Ellas nos acompañaron durante todo el trayecto como queriendo hacer valer sus derechos sobre las añosas piedras de la ciudad. Al fin y al cabo, nosotros éramos forasteros. Solo estábamos de paso.

Eloina Calvete García

De San Juan a Itálica

De San Juan a Itálica

Peculiar mañana senderista salpicada de anécdotas por el Corredor Verde del Área Metropolitana de Sevilla. Desde San Juan de Aznalfarache a Itálica caminamos bordeando el Guadalquivir, entre árboles y arbustos, empujados por la brisa del río, aligerando el paso para llegar en el tiempo previsto.

Sin prisa pero sin pausa. Caballos y cabras amenizaron la ruta. Y algún que otro tractor se cruzó en nuestro camino. Lo normal cuando transitas por el campo, por zonas rurales. Los animales no nos hicieron el menor caso, siguieron a lo suyo como si tal cosa. Se nota que están acostumbrados a nuestras prisas.

El Monasterio de San Isidoro del Campo ya se divisaba a lo lejos cuando dejamos el río a un lado y pusimos rumbo a Itálica, la antigua ciudad romana cuna de emperadores y novedad televisiva de moda. Ya apretaba el calor y se notaba el cansancio de la ruta; no obstante, hicimos un último esfuerzo para recorrer la empedrada ciudad imaginando cómo sería la vida entonces, cuando Itálica era una importante y civilizada urbe del Imperio Romano…

Así, entre estatuas, columnas y mosaicos, finalizamos una singular jornada. Y volvimos a la civilización con tiempo para refrescarnos, almorzar y disfrutar de una merecida siesta. 

Eloina Calvete García

Senderismo de nivel

Senderismo de nivel

Que la ruta senderista de ‘Los siete valles colgantes del Algarve’ es una de las más bonitas de Europa pude comprobarlo ayer. Las panorámicas desde los acantilados sorprenden y deslumbran. Los colores del mar, las rocas solitarias que emergen majestuosas, las recónditas cuevas y los restos de conchas marinas en terrenos escarpados componen una espléndida imagen, una impresionante acuarela de tonos y matices que, curiosamente, me hizo recordar las clases de geología: estratos rocosos, volcanes marinos, placas tectónicas; la deriva de los continentes; la fuerza del agua: erosión, transporte, sedimentación…

Todo aquello que aprendí en los libros pude contemplarlo a lo largo del abrupto sendero, caminando entre las piedras y rocas que antaño formaban parte del fondo marítimo y hoy se encuentran en los acantilados, sobre el nivel mar. La teoría aburrida y monótona de los libros de texto se transformó en realidad palpable en el fascinante paisaje costero portugués. 
Ahora repaso las fotografías y de nuevo me asombro ante la belleza de las pequeñas calas y las apartadas grutas. De nuevo me sorprenden los peñones solitarios, los coloridos acantilados, la curiosa mezcla de tonalidades del mar…

Me alegra haber vivido la experiencia. Me alegra haber explorado mis límites andariegos por esta ruta senderista calificada de nivel dos, un nivel superior al que estoy acostumbrada. Una ruta que conseguí completar gracias a palabras de ánimo y manos amigas que me ayudaron a escalar o descender por los tramos más complicados. Gracias. Vuelvo a mi nivel uno satisfecha, me siento más segura en terreno uniforme. Aunque quizás un nivel dos sin pendiente… Ya veremos, no hay prisa

De momento, creo que hice bien al escoger la ruta de ‘Los siete valles colgantes del Algarve’ para realizar mi particular examen senderista. La belleza del paisaje hizo más llevadero el esfuerzo. A las fotografías me remito.

Eloina Calvete García

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