La ruta comenzó con el cielo encapotado. Las nubes amenazaban con descargar sobre nosotros, pero ya estábamos allí, en El Cerro del Hierro. Y no era cuestión de amilanarse por unas gotas de agua.

A medida que ascendíamos el paisaje se transformaba, dejábamos atrás la dehesa y nos adentrábamos entre rocas milenarias por estrechas veredas y oscuras cuevas.

Teníamos que estar pendientes del suelo, del barro, de los charcos formados por las recientes lluvias, pero mirábamos absortos hacia arriba, hacia las inmensas moles rocosas que nos rodeaban mientras apartábamos la espesa vegetación que crecía salvaje entre las piedras.

Las plantas se abrían paso, trepaban aquí y allá creando una peculiar simbiosis con la roca inerte. Transformando el paisaje en un maravilloso ejemplo de convivencia natural.

Subimos y bajamos laderas, atravesamos cañadas y cruzamos grutas entre vetustas peñas. Recorrimos las distintas sendas pasmados ante la belleza de tan singular paisaje. E hicimos muchas, muchas fotografías.

Tras la pausa de avituallamiento, en la recta final de la ruta senderista, volvimos a la dehesa. Cruzamos El Rebollar, un bosque formado por distintos tipos de roble característicos de la Sierra de Sevilla. Un último y sencillo tramo que nos devolvió al punto de partida, a la pequeña aldea denominada El Cerro del Hierro. 

Aquí dejo algunas de mis fotografías, me ha resultado difícil elegir entre todas las que me traje. Espero que sepan reflejar la belleza del entorno que recorrimos. Por cierto, a pesar de los negros nubarrones que nos acompañaron la mayor parte del camino, no nos cayó ni una gota de agua. Una verdadera suerte.

Eloína Calvete García

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