Cádiz nos recibió con su mejor sonrisa. Con sus máscaras y pasacalles. Con su olor a sal y su mar plateado. Con sus gaviotas siempre alerta, vigilantes, dominando las alturas, siguiendo nuestra ruta.

Una ruta costera y circular que nos permitió vislumbrar lo más hermoso de la antiquísima ciudad andaluza.

Caminamos rodeados de gente disfrazada, y sin disfraz. De todas las edades, de todos los lugares, de toda condición; aunque hermanados en ganas de complacerse. Con ansias de disfrutar del día, del sol, de la brisa y la jarana. Deseosos de dejar atrás por unas horas la formalidad cotidiana, la mesura y la sensatez. Ávidos de sonrisas y alegría.

Pronto nos contagió el ambiente y recorrimos el atestado paseo y las concurridas calles y plazas. Cantamos cuando había que cantar, bailamos cuando fue menester, y aplaudimos las acertadas letrillas de comparsas y chirigotas celebrando ese humor socarrón tan gaditano. Ese que no deja ‘títere con cabeza’.

Sí, Cádiz nos recibió con su mejor sonrisa. Y nos obsequió con una peculiar jornada senderista que concluyó ya de noche. Llegamos con el sol y nos despedimos con el brillo de las luces que adornaban la ciudad.

Espero que mis fotografías estén a la altura, que reflejen el maremágnum de sensaciones vividas en ‘la tacita de plata’. En la milenaria urbe acostumbrada a sorpresivas invasiones. Aunque ahora es ella la que decide cuándo y cómo abre sus puertas. Durante el carnaval Cádiz franquea la entrada a todo aquel que necesite alegría y regocijo. Con máscaras o sin máscaras, con pelucas o con plumas. Con tacones o botines, con mochilas o maletas. Todos, todos tienen cabida. Pero absténganse aburridos, disgustados y cansinos. 

Eloina Calvete García

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